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La profesora Claudia Perez Espinosa llega algo ajetreada al aula magna de la Universidad. Dominada por una incomodidad cada vez más evidente, sus palabras, en vez de dirigirla hacia el tema de cátedra, la van llevando una y otra vez hacia otro centro, en el que no está Foucault sino ella, la propia Pérez Espinosa. Tan mal están las cosas, que pronto le pedirá a sus alumnos que abandonen la materia. De entrada, en sus ojos -los enormes y expresivos ojos de Andrea Garrote- se lee el subtexto, “abandonen la materia, abandonen el cuerpo, porque miren sino hasta dónde puede llegar el dolor cuando se lo habita“.

Laura es la más iluminada en la foto del cumpleaños infantil, la preferida de una abuela, la que brilla en las clases de teatro, la escogida por Dios. Transita un mundo de señales y predestinaciones, una vida repleta de dones y misiones. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de ser la elegida de alguien?

Juan Francisco Dasso se relaciona con el tiempo libre con la voracidad y el olfato de un jabalí que detecta las trufas de la creatividad y como quien contempla en silencio cual buzo en las profundidades de tanta superficialidad

El problema con mi ocio es que es ergonómicamente igual a la mayor parte de mi trabajo.  Quiero decir: la disposición de mi cuerpo en el espacio es muy parecida en el ocio y en el trabajo. Puedo estar en el escritorio o en un sillón, con la computadora o con un libro, en la web o fuera de ella, tanto sea por motivos laborales o meramente pasatistas.

Anclada al presente, Pilar Gamboa, recorre su camino de aprendizaje con la curiosidad de una turista del tiempo.

Pensar y analizar el tiempo es algo que ronda en mi cabeza a menudo, a veces decido simplemente soltar la neurosis y dejar que todo sea como tenga que ser, una suerte de librarlo a la marchanta, a que suceda. Después de todo, a veces sólo se trata de eso.

¿Quién tiene la autoridad sobre el punto de vista: la puesta en escena o el texto dramático? Esta dicotomía estructurante en la historia del teatro universal es la que propone Norman Briski como dispositivo sobre el que erigir su versión de Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

La Pecera Paracultural se presenta desde su creador Juan Arena para extender e iluminar hasta Villa Urquiza la oferta teatral con potentes propuestas

Todo empezó con un lugar que no fue. Era verano del 2015 y me reuní con mi amigo Juan Guerrero, escenógrafo de dos obras que dirigí – “Te quiero poco y todo lo demás” y “Después te cuento” –. Un poco antes de eso también fue el que confió en mí y me abrió las puertas de su mítico teatro de Chacarita, “La Castorera, bar y dique cultural”, para que yo realice mi primera obra allá por 2009.

Algo nuevo, algo viejo, algo prestado. En la pieza del fondo la costurera prepara el ajuar de bodas. Los canapés están listos para la gran fiesta. Pero la novia, Rosario, revela un secreto que cambiará los acontecimientos. En las otras casas también se cose y se descose. El barrio habla.

Sudor y lágrimas

La dueña se despierta en el sillón con la tele prendida. Aún es madrugada, la madrugada pegajosa que precede a la Nochebuena. La remisería Ayelén, allá por la zona de Plaza Miserere, está desierta. La dueña se separó del marido y hace noches que duerme en la salita de la remisería.

“Hay que salir de un discurso de la derrota”
Trabajando con un texto de Susana Torres Molina, Juan Pablo Gomez pone en escena un momento clave de la militancia en los 70 en el corazón del Teatro Oficial.

“Durante todo el lunes, Graciela Daleo (militante de Montoneros) se dedicó a llamar a una serie de radios, desde distintos teléfonos públicos. Y también a su teléfono de control:
-Digale a Tonutti que el Doctor Black dice que le tiene que llevar la televisión lo antes posible.
Tonutti era el nombre del militante que recibía el mensaje, doctor Black, la clave para el negro Quieto, y la palabra televisión en medio de cualquier mensaje significaba que había un problema grave.
Roberto Quieto había sido el líder histórico de las FAR y desde la fusión con los Montoneros solía aparecer como el segundo de Firmenich (…) En ese momento, Quieto era el responsable del aparato militar y era uno de los jefes con más historia y popularidad: era el único con más de 30 años y era muy querido y respetado por los militantes que contaban sus historias casi míticas sobre su pericia militar. Su pistola ametralladora, se decía, era un regalo de Fidel Castro.

Grupo CABEZA es una colectiva de escribas y también, un agente político. Formada por Mariana De La Mata, Consuelo Iturraspe y Laura Sbdar, se autoproclama como feminista y lo demuestra, por ejemplo, en este proyecto escénico que se llama Un tiro cada uno y surge a partir de la investigación de casos de femicidio. A través de un proceso de hibridación entre lo real y los mecanismos de la ficción, la pieza -y la puesta- buscan operar sobre lo que nos rodea para, al calor de los movimientos de mujeres y disidencias locales, regionales e internacionales, visibilizar la violencia machista, derribar al patriarcado y convertir al feminismo en cosmovisión hegemónica.