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Se trata de un musical austero: con canciones, coreografía y música en vivo, pero lejos de la espectacularidad que caracteriza al género. Dos jóvenes paraguayas se ilusionan ante la posibilidad de vivir en los Estados Unidos porque allí las mujeres corren con tacos, pero nunca se caen. Ilusionadas, se movilizan en pos de la libertad y de nuevas oportunidades pero, entre lo posible y lo deseable, suceden las contingencias.  

En la postal que oficia de programa se ve una casa hecha de masa, galletita o algún otro material efímero que da cuenta de todos los clichés del ícono: techo a dos aguas, chimenea, dos ventanas y un sendero que conduce a la fachada. De eso se trata Más acá: de la imagen que tenemos del hogar materno, de lo mucho que nos cuesta despedirnos y de cómo irracionalmente nos aferramos él. Pero también, y aunque nos cueste verlo, expone lo poco verosímil que es esa idílica e infantil representación que solemos hacer de nuestra primera cuna.   

La profesora Claudia Perez Espinosa llega algo ajetreada al aula magna de la Universidad. Dominada por una incomodidad cada vez más evidente, sus palabras, en vez de dirigirla hacia el tema de cátedra, la van llevando una y otra vez hacia otro centro, en el que no está Foucault sino ella, la propia Pérez Espinosa. Tan mal están las cosas, que pronto le pedirá a sus alumnos que abandonen la materia. De entrada, en sus ojos -los enormes y expresivos ojos de Andrea Garrote- se lee el subtexto, “abandonen la materia, abandonen el cuerpo, porque miren sino hasta dónde puede llegar el dolor cuando se lo habita“.

Laura es la más iluminada en la foto del cumpleaños infantil, la preferida de una abuela, la que brilla en las clases de teatro, la escogida por Dios. Transita un mundo de señales y predestinaciones, una vida repleta de dones y misiones. ¿Pero qué pasa cuando dejamos de ser la elegida de alguien?

Juan Francisco Dasso se relaciona con el tiempo libre con la voracidad y el olfato de un jabalí que detecta las trufas de la creatividad y como quien contempla en silencio cual buzo en las profundidades de tanta superficialidad

El problema con mi ocio es que es ergonómicamente igual a la mayor parte de mi trabajo.  Quiero decir: la disposición de mi cuerpo en el espacio es muy parecida en el ocio y en el trabajo. Puedo estar en el escritorio o en un sillón, con la computadora o con un libro, en la web o fuera de ella, tanto sea por motivos laborales o meramente pasatistas.

Anclada al presente, Pilar Gamboa, recorre su camino de aprendizaje con la curiosidad de una turista del tiempo.

Pensar y analizar el tiempo es algo que ronda en mi cabeza a menudo, a veces decido simplemente soltar la neurosis y dejar que todo sea como tenga que ser, una suerte de librarlo a la marchanta, a que suceda. Después de todo, a veces sólo se trata de eso.

¿Quién tiene la autoridad sobre el punto de vista: la puesta en escena o el texto dramático? Esta dicotomía estructurante en la historia del teatro universal es la que propone Norman Briski como dispositivo sobre el que erigir su versión de Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

La Pecera Paracultural se presenta desde su creador Juan Arena para extender e iluminar hasta Villa Urquiza la oferta teatral con potentes propuestas

Todo empezó con un lugar que no fue. Era verano del 2015 y me reuní con mi amigo Juan Guerrero, escenógrafo de dos obras que dirigí – “Te quiero poco y todo lo demás” y “Después te cuento” –. Un poco antes de eso también fue el que confió en mí y me abrió las puertas de su mítico teatro de Chacarita, “La Castorera, bar y dique cultural”, para que yo realice mi primera obra allá por 2009.

Algo nuevo, algo viejo, algo prestado. En la pieza del fondo la costurera prepara el ajuar de bodas. Los canapés están listos para la gran fiesta. Pero la novia, Rosario, revela un secreto que cambiará los acontecimientos. En las otras casas también se cose y se descose. El barrio habla.

Sudor y lágrimas

La dueña se despierta en el sillón con la tele prendida. Aún es madrugada, la madrugada pegajosa que precede a la Nochebuena. La remisería Ayelén, allá por la zona de Plaza Miserere, está desierta. La dueña se separó del marido y hace noches que duerme en la salita de la remisería.