El salto del viejo

Hablamos con Fernando Ferrer autor y director de la obra La fiesta del viejo del fenómeno de llevar el espectáculo al teatro comercial

Un Rey Lear desprejuiciado barrial y amplio, que traslada la Galia al Barrio, a un club de un barrio de Almagro y a su Rey (el presi del club) en un polaco sobreviviente del exterminio de la segunda guerra, que se hizo desde muy abajo, a un timorato y traidor en un rati, a las legiones reales en barras bravas y a un concepto del teatro independiente a la calle Corrientes al Metropolitan Sura, un lugar que cuenta con su propio público. Logra jugar incluso con la propia escena que representa (las simpatías o rivalidades humanas), se inquiere e ironiza sobre la actitud y complicidad social francesa aquélla de la segunda guerra y la actual que contempla el espectáculo y que quizá se ría nerviosamente.

Lo que sucede en los cuerpos frente a ese cambio escénico nos atraviesa a todos (o no) aunque sin dudas siempre de diferente manera. La adaptación de los cuerpos a esos espacios (habitados incluso por locales o habitués), ése es el enorme desafío que se propone la obra y para ello ahí está asumiendo el riesgo de saltar a jugar con teatro independiente a  la calle corrientes con reglas de mercado y de efecto televisivo.

Su decidido y entusiasta director pide y obtiene y así es como Fernando Ferrer logra desembarcar en las tablas (tablas al fin) del teatro comercial, y sin lugar a dudas mostrando el camino de integración a seguir: la propuesta nacida para espacios íntimos llevada a otro lado de recursos que le permita jugar en el ir y venir de sus maneras de sentir mostrar la obra: “La fiesta del viejo fue desde el momento uno, una especie de milagro. Para mi es una suerte que alguien quiera actuar mis obras, que venga gente ya es doble suerte y que vaya muy bien. La fiesta tiene un recorrido de dos años de funciones a sala llena en el Espacio Callejón. Y de girar por el exterior.

¿Cómo les fue con la gira, probando otros espacios, otro público?

La gira nos hizo dar cuenta que estaba bueno probar nuevos espacios más grandes y que ahí la obra cobraba otra dimensión, así que nos dieron ganas y allí fuimos. Estamos muy felices. Para nosotros, como cooperativa, no cambio en nada, ya que somos nuestros productores. Así que no hubo cambios en ningún sentido más que el simbólico y en el público que quizás acude al circuito.

¿Cómo fue el nexo para desembarcar en un teatro comercial?

En una de las funciones vinieron del Metropolitan y la vieron. Salieron de la función y ahí mismo nos hicieron la propuesta. Fue así. Como todo lo que fue pasando con la obra. Una serie de cosas que se fueron dando. Ni más ni menos. Lo pensamos mucho con los amigos del callejón, y Javier Daulte, con la generosidad de siempre, y con el amor al que me tiene acostumbrado, desde que fui alumno suyo, me dijo que lo tenía que hacer. La verdad no voy a olvidar nunca ese tipo de cariño. Mi maestro querido me dio lo mejor, el camino de la dramaturgia y el amor por propulsar a los demás a que se realicen es una joya que atesoro en lo más profundo. Estamos felices y sin prejuicios de haberlo hecho. Sentimos que estamos acudiendo a una experiencia de teatro griego. Sobretodo por la tragedia que hacemos. Es una sala que pone en juego otras cosas del actor, que quizás son alejadas para nuestro ámbito.

¿Influye en lo estético o en la puesta el cambio de espacial?

Influye en la puesta, no en lo estético. El ordenamiento conceptual es el mismo y el texto también. El espíritu ético del planteo es similar. La obra está situada en un barrio especifico de la Ciudad de Buenos Aires y así sigue siendo, aunque la sala este en otro barrio. Si algunas cosas de la puesta lógicamente varían. Pero es la misma obra. Y a la vez es otra, puesto que las dimensiones nos confrontan con especificidades diferentes. Es una obra que nos demostró muchas cosas, entre ellas, que es versátil. La hicimos en salas como en el callejón, en un castillo, en una sala tipo el Cervantes, y al aire libre. Se la banca. Creo que el secreto de la cosa, es que nos adoramos, nos queremos mucho, y nos gusta muchísimo lo que hacemos. Y la obra nos apasiona. Eso nos une, y nos une el espíritu de la aventura. Nos invitaron. Nos pareció lindo probar y allí fuimos: a la nueva aventura. Como quien sale de casa sabiendo que siempre puede volver.

Una obra versátil que lo soporta todo que tiene la virtud de convidar con teatro independiente a otro público y jugar (de visitante) en La Calle Corrientes. Una obra donde se cuenta y se dice mucho y donde se advierte que lo grupal puede atravesar fronteras.

Ricardo Tamburrano

Autor

Escribir comentario