SERENATA PARA LA INFANCIA DE UNO

Recuerdos a la hora de la siesta, un musical al que le importa el niño que todos llevamos a babuchas o escondido en el bolsillo

No es que María tenga una imaginación frondosa. Simplemente le gusta jugar con las palabras, con sus posibilidades y sus significados, aunque el disparate que impliquen estas posibilidades esté a la orden del día (de su día, al menos en principio). Es lo que hacen todos los chicos, porque a los chicos les gusta eludir las normas y creer que las cosas pueden parecer, o ser, diferentes. En ese sentido Maricastaña, la maestra de María, aporta el sentido común de los adultos al confesar que su palabra preferida que comienza con be (la letra be, esa que semeja una babosa embarazada cuando se escribe con mayúscula) es burocracia. Hay adultos sin embargo que le permiten a los chicos el desborde de la imaginación, pero quizás esos sean adultos mayores y todos sabemos que los viejos se comportan como niños, y hasta inventan terminologías nuevas cuando no recuerdan cuál es el significado de ciertas cosas.

Pero qué puede suceder cuando un adulto responsable se deja llevar por la imaginación de un niño. Eh. Qué puede suceder. Alguien con buen tino se dejaría arrastrar por la fantasía de una nena cuestionadora. Alguien que tiene la responsabilidad de mantener el orden en una sala teatral, y que tiene la obligación de vigilar que todos los espectadores conserven la compostura derechitos en sus butacas con los ojitos fijos en el escenario, alguien como Dora, la acomodadora de la sala Casacuberta del teatro San Martín. Eh. Si eso sucediese sería una vergüenza. Ni siquiera Dora se puede dejar arrastrar por la impertinencia de una nena que la cuestiona cuando está todo listo para que comience la función de un espectáculo como ese que María, con sus cuestionamientos, no permite que comience. Qué fácil entonces es dejar que vuelen las plaplas a su libre albedrío por todo el escenario si nadie controla lo que ocurre alrededor. Alguien se puso a pensar en eso. Eh.

Por eso, justamente, RECUERDOS A HORA DE LA SIESTA es un espectáculo tan serio: porque se ocupa de buscar entre múltiples variantes cuál pudo haber sido la fuente inspiradora de la exuberante imaginación en María Elena Walsh. Ella pudo haber dicho que la radio, el cine, la música, el baile, el diccionario, los libros, en cualquier entrevista que sirviera revisar a los fines de trazar su biografía. Pero seguramente no alcanza porque las definiciones nos harían quedar cortos, nos establecerían el límite del juego. Y a este espectáculo, que es puro juego, no le importan las biografías ni los hechos precisos. María Elena Walsh sabía que la infancia no era precisa, ni perfectible, ni unívoca. La infancia es un territorio cuya labilidad permite tener un elefante de mascota y un sueño despierto y con los ojos abiertos a la hora del berrinche o a la hora de dormir, cuando el reloj deja de marcar las horas y las historias y sus imágenes se ocupan de sembrar el tiempo. Por suerte Emiliano Dionisi es un adulto irresponsable, uno de esos que se dejan llevar por los cuestionamientos del niño que no se olvidó ser, y a quien le importa mucho inventar el recreo sobre el escenario para que los espectadores se queden deslumbrados y boquiabiertos, niños o adultos, a quienes de seguro se les vuela una sonrisa que los remonta por un rato hacia esa felicidad que dura para siempre, como una serenata.

Por Carlos Diviesti

RECUERDOS A LA HORA DE LA SIESTA. Escrita y dirigida por Emiliano Dionisi. Con Lucía Baya Casal, Andrea Lovera, Belén Pasqualini, Mariano Mazzei, Laura Silva y elenco. Sala Casacuberta, Teatro San Martín.

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