Las opiniones sobre la apertura de los teatros dividen las aguas entre los teatristas y los dueños de sala. En esta nota Mariano Stolkiner, Juan Coulasso y Rubén Sabbadini argumentan a favor y en contra sobre un tema que parece no tener solución.

La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en el que vivimos es la regla.

Walter Benjamin

 

Entre las Ruinas el pleito transcurre con palos y piedras. Son miembros del mismo clan: dueñxs de sala, intérpretes, grupos, técnicos varios vindican o impugnan la reapertura de los espacios culturales para un montaje dramático o bien para la instrucción y el aprendizaje. Los argumentos de uno u otro bando se agrupan en “se puede abrir con Protocolo y medidas de seguridad” o en “no es conveniente abrir por el momento”.  Mientras tanto (como siempre) hay algunxs que pueden aguantar y otrxs muy cercanos a la desesperación. Algunxs infatuados del más absoluto ilogismo se proclaman apóstoles del  streaming vociferando sobre este nuevo lenguaje de creación ex – nihilo; otros más apegados a la tradición niegan cualquier Predicado que no sea “Presencia” si el Sujeto es “Teatro” (pasando por alto La Doctrina de quienes por adherir al gobierno nacional podrían morar en un sótano como eremitas de la revolución Nac&Pop y otrxs distraídamente opositorxs reclaman la libertad de agruparse con sus amigxs, por ejemplo, en un  estrecho ascensor). Hasta la posición subjetiva más evidente tiene una base material/ideológica que produce y transustancia cualquier realidad objetiva (que se afirma como Revelación).

La lógica indicaría que el número de personas que congrega una obra teatral es infinitamente menor que casi cualquier actividad  habilitada provisoriamente (meter 20 espectadores podría ser considerado como  “localidades agotadas”). Entonces ¿El problema es una cuestión puramente cuantitativa? ¿De la cantidad de cuerpos y su proximidad peligrosa? Al comienzo de la Pandemia  las habilidades fueron separadas en un binarismo metafísico:” esenciales y no esenciales” para el funcionamiento de la maquinaria social, entonces, varios meses después sumidos en una profunda crisis económica y sanitaria cabría preguntarse ¿Es esencial la actividad teatral además de para aquellos que se desenvuelven en esta? Sin duda para quienes viven de ella lo es. Y esto no puede ser elemento de discusión.  Centrando la cuestión en los trabajadorxs de la cultura y en la circulación del dinero necesario para sobrevivir (ya que las ayudas no llegan o no alcanzan) eso bastaría para justificar la reapertura de los espacios bajo ciertas normas, ya que para decirlo claramente lxs trabajadorxs de las artes escénicas están desocupadxs hace 7 meses. Pero si se suman las restricciones casi dadaístas, los modestos metros cuadrados de las salas y la crisis económica que se supone forcluye el consumo de objetos culturales ¿Queda algo en pie? ¿Puede ser esto más rentable que infeccioso? Mariano Stolkiner, dueño de la Sala El Extranjero argumenta: “Yo no pienso en rentabilidad, pienso en función de esa red de trabadores que precisa del trabajo del día a día para sacar un mango. Abrir al 50% puede que no resulte rentable para una sala, pero al menos servirá para que lxs trabajadorxs que desarrollan su actividad alrededor de una función garanticen un ingreso. Si sirve para eso es suficiente. El valor de las entradas deberá estar en sintonía con lo que la gente pueda pagar, promediando eso con la posibilidad de que al fin de cuentas le quede un mango a quienes laburaron en esa función. Si se piensa de ese modo el número no debería ser ni imposible de pagar para quien quisiera acceder a ver una obra ni tampoco tan bajo como para que no se pudieran cubrir los ingresos de lxs trabajadores, con solidaridad y entendimiento entre todas las partes estoy seguro que se puede encontrar un equilibrio justo. Ninguna reactivación de este orden va a solucionar el problema por completo, las ayudas al sector deberán seguir llegando, pero serán complementarias, de lo contrario, por mejor voluntad que haya, lo que se baja nunca termina de alcanzar. Hay varixs directorxs, actorxs, grupos que ya me manifestaron su deseo de poder presentar sus trabajos ni bien se permita hacerlo Incluso muchxs de estxs son referentes importantes de la escena, dispuestxs a presentar sus trabajos ante públicos reducidos y con las limitaciones propias que pudiera oponer un protocolo. No doy sus nombres para no comprometerlos, pero ahí están y yo me siento agradecido”.

También Juan Coulasso, director y dueño de Espacio Roseti, aporta sus reflexiones sobre los problemas de la virtualidad forzosa y la urgencia de la fruición en el encuentro de los  cuerpos : “Más allá de todas las alternativas que hayamos generado en estos meses para sobrevivir, hay una realidad que cada vez se vuelve más contundente: el teatro, la danza y las prácticas performativas, merecen ser reconocidas como actividades presenciales y esenciales, al igual que lo están haciendo con todo el resto de las disciplinas y prácticas sociales y comunitarias: el deporte, la educación, la gastronomía, la industria, la recreación, las visitas a los shoppings o las ceremonias religiosas. Somos parte constitutiva de la identidad argentina y no queremos transformarnos en ninguna otra cosa. Que el virus nos haya obligado a suspender nuestro oficio durante todos estos meses, no implica para nada que estemos dispuestxs a tirar por la borda años de formación, construcción colectiva, identitaria y laboral. Éste es nuestro trabajo y nuestro trabajo vale tanto como el de cualquier otrx profesional. Nuestros espacios y costumbres hacen a nuestra identidad y nuestra identidad no es virtualizable. Sin nuestros espacios y costumbres no solo se diluye nuestra economía, sino también nuestra identidad. El teatro, al igual que el fútbol, al igual que un recital, no son acontecimientos virtualizables. Son rituales antiquísimos que cumplen una función comunitaria y cultural esencial. Estos rituales no pueden ser llevados a cabo a través de ninguna plataforma digital. No lo aceptamos, no queremos eso para nuestra identidad. No queremos una economía sujetada a la ley de las pantallas y las aplicaciones. Si la consecuencia más directa del virus es la virtualización de la cultura, entonces preferimos correr algunos riesgos. Mientras esperamos la vacuna, es fundamental que nos permitan realizar actividades más chicas, muy cuidadas, para poco público y enorme responsabilidad sanitaria que se acerquen un poco más a la naturaleza de nuestra identidad. Es posible. Somos gente muy creativa y dispuesta, pero necesitamos el apoyo político para encarar el 2021 con protocolos que incluyan la actividad presencial, mitad en parque, mitad en salas, al 30, al 40 por ciento, lo que se pueda, pero que la incluyan. No podemos estar otro año más desocupadxs y no queremos más estar haciendo cultura virtual en nuestras casas, porque ésa no es la forma en la que consideramos se construya una identidad colectiva. Necesitamos el encuentro con los otros cuerpos y necesitamos la presencia. En esto se funda el valor de todo nuestro trabajo.

Del otro lado de la mesa, con una prédica más combativa, Rubén Sabbadini de la sala Vera Vera Teatro establece un sisma dentro del colectivo teatral cuestionando la apertura:

“¿Para trabajar en condiciones más indignas que a las que en el teatro independiente estamos acostumbrados? Y digo más indignas porque a las condiciones de inseguridad y riesgo económico en la que se trabajaba habitualmente en el teatro independiente se suma ahora la del riesgo sanitario. Por si no queda claro, los grupos u obras que habitan los ecosistemas de las salas están conformado por PERSONAS, y ahora arriesgan en salud y economía para hacer una obra, y antes arriesgaban solo economía.

De verdad, yo no sé si los aperturistas entienden que son las personas las que transportan el virus y que, principalmente no sé si entienden que uno tiene derecho a contagiarse si quiere, pero no tiene derecho a contagiar a otro.

La decisión de abrir o no abrir entonces tiene un clarísimo correlato de ideologías políticas, “los afines a la libertad y la responsabilidad individual” Vs. “los que pensamos en el otro”. Es fácil deducir a que movimientos partidarios me refiero aunque los del primer grupo se hayan hecho selfies con los deditos en V. Y queda claro que, aún con buenas intenciones, los del primer grupo terminan reproduciendo los discursos de Patricia Bullrich, Milei y Espert, que piden abrir la economía y por ende más fosas en los cementerios.

Por otro lado, pedir abrir las salas de teatro independiente, que deberían ser lugares de reflexión y de creación de pensamiento, comparándose con la apertura de shoppings deja a las claras, por ser bondadoso en la lectura, que el problema de las salas es económico. La idea de pedirle a los gobiernos que abran los teatros en estas condiciones no solo aboga con proferirle a las obras condiciones más indignas, sino que paradójicamente y a la par niega su continuidad porque en cuanto suba el número de contagiados en ciudad van a responsabilizar a los teatros y van a cerrar nuevamente. Extraño hacer función sí, el estado de función, la energía que corre por el cuerpo, el compartir con el grupo la previa, la función y la cerveza post función pero en estas condiciones yo particularmente no voy al teatro, no quiero cargar con la responsabilidad de transportar el virus y contagiar a otro, como tampoco quiero ver una obra con una máscara de plástico empañándose con mi respiración. Por supuesto que entiendo a los colegas que dan clases multitudinarias donde el intercambio de energía es fundante de sus estéticas, pero me pregunto si lo estético, multitudinario y presencial vale el costo de la propagación en la población vulnerable. Sin embargo me pongo en el lugar del otro y sugiero entonces intentar hacer clases en campos de deporte o lugares abiertos.

Mientras tanto celebro a los colegas que se arriesgan a hacer ´teatralidades´ por streaming en vivo. Entonces vayamos al hueso de la cosa, hay que estatizar ya toda la cadena de distribución de alimentos y comunicaciones, léase Coto, Carrefour, Vea, Fibertel, Telecentro, etc. y distribuir recursos en la población hasta que haya vacuna o se salga de esta crisis. La propiedad privada de las grandes empresas no puede ser más importante que las personas, así como el teatro no puede ser más importante que las personas que lo hacen. Y si los teatros por presión finalmente abren, que el costo no los paguen los trabajadores.”

Como por mano de un miniaturista, los creadores del teatro reproducen la lucha de (y por) la propia historia, o sea, la lucha de las interpretaciones morales de los hechos. Sabemos de antemano que el efecto de verdad no advendrá (realmente) debido a ninguna lógica sanitaria (si es que tal cosa existe), sino, por quienes logren imponerse con más fuerza y recursos.

Juan Ignacio Crespo

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