Teatro y Peronismo: mentir es un saber argentino

Con Un almuerzo argentino, Bernardo Cappa vuelve a la carga sobre ese misterio político inmortal y ubica allí el germen de la actuación nacional.

Kafkiano y con mirada de roedor  Bernardo Cappa susurra post-función de Un almuerzo argentino: “Yo no soy peronista, pero los actores sí y le dan esa impronta”. Laclau, el peronismo como Significante Vacío que puede significarlo Todo.  Totalización. ¿Sigue siendo posible esto en la época de los flujos, los rizomas y la deconstrucción? Casi es fascista preguntar si algo es posible, si algo tiene Sentido. Si algo Es. ¿Y el Peronismo es? ¿Qué? Sabemos que es Incapturable (referencia intencional a Szuchmacher y al teatro). Sabemos que el representante de Dios en la tierra lo es. Que es una obstinación. Que sus feligreses son incorregibles. Que es un recuerdo que da votos. También es una máquina de poder indestructible. Un virus en el lenguaje y como el propio lenguaje siguiendo el diagnóstico de Burroughs.Para Cappa en estas descripciones se encuentra un gen de la potencia de cierta actuación local, la mentira poetizada: “El peronismo es una metáfora hecha de metáforas. Perón es el viejo, el pocho, el tirano prófugo, la prohibición de nombrarlo lo llenaron de nombres. En el peronismo el lenguaje encuentra su mejor forma Argentina, para que algo se comprenda no debe ser nombrado por su nombre sino por su metáfora, la metáfora representa mejor a la cosa que el nombre de la cosa. Igual hacemos en el teatro, hacemos que matamos y el signo que usamos para representar el crimen representa además las emociones que están en juego, y los pensamientos q esa acción contiene, se multiplican sus sentidos. En el teatro nada es lo que parece ser.  El peronismo logró ser innombrable. No hay palabra que pueda definirlo, mucho menos un concepto. Es esa cosa. En Argentina se puede nombrar lo que no tiene nombre diciendo la cosa. Esa cosa tejida de afectos hechos con emociones basura es el peronismo. El peronismo es la mejor ficción. Perón y Eva sus mejores actores, que como en Hamlet siguen actuando aún muertos. Perón supo como nadie representar al hombre de familia tipo argentino, supo emitir los signos que generaban las mismas emociones que se sentía al escuchar a un familiar, a un padre, a un tío, no sólo que lo representó sino que amplificó los gestos, los tonos, el manejo del aire, de la respiración. Le dio forma. Esa forma de actuación es la forma en que los vínculos forman una trama social, un relato, esa forma de traficar emoción, de negociar angustia es la particularidad del entramado social en Argentina, la singularidad del entramado social argentino es la velocidad con que se trafican emociones, no se puede hacer más lento decía René Lavand y no se le veía el truco, mentir es un saber argentino del que se apropió el peronismo”

¿Y ahora qué pasa?

 Estamos viviendo una época insólita. De Sci-fi. Una distopía de Dick. Hace 3 años la élite gobernante no es justicialista. Los peronistas en sus diversos varietales están dinamitados, dispersos. No encuentran unidad ni plan superador, o sea enunciado trascendental. No desensillaron hasta que aclare, el caballo los tiró y los arrastra en el descampado. Mientras tanto Cambiemos parece traficar otras formas de representación  y ficción política, entendiendo perfectamente que la épica no les corresponde, ni los relatos. Tienen que inventar una nueva escena para nuevos dramas.

“Macri es el opuesto. Macri es performer: representa la no representación. Es la verdad. Y la verdad es el mal. Macri es Calígula, hace lo que el pueblo le pide que haga. Cumple el deseo de la histeria, que todo termine mal, deja que se actúe la queja, es más, da motivos para la queja. En Argentina pareciera que hay dos modelos, no se sabe si es cierto, por supuesto que eso tiene metáfora, la grieta, la imagen de una grieta que separa en mitades un país es muy bella, de un lado unos vestidos de azul y amarillo y del otro los otros vestidos de rojo y blanco ¿Cuándo nos mataremos? Mientras tanto la teatralidad, los guiños, las invitaciones a pasarse de bando, los encuentros furtivos con los del otro bando, las discusiones, el excitante sexo culposo de los amantes, los crímenes verdaderos que no se ven, que no se verán nunca, los muertos sin nombre, a los que no se puede contar bien, mientras tanto el horror. La acción tiene consecuencias pero nunca se sabe bien cómo ni cuándo. Argentina es una obra de teatro perfecta. Un drama. Esa tensión dramática es la que sostiene el relato político. Cuando dejemos de representar las fuerzas que hacen posible ese drama y las acciones tengan las consecuencias que deben tener, cuando actuemos en consecuencia tal vez encontremos una alternativa”.

Un almuerzo argentino es una grieta maniquea.  Peronistas y ex peronistas devenidos antiperonistas alrededor de una mesa en la época posterior a la muerte de Eva Duarte. Todos representan que representan: la eterna fidelidad partidaria o la acusación de totalitarismo y corrupción. Hay algo decadente y actual en estos personajes que giran en torno a una deuda impagable y la búsqueda de salvación externa (el FMI o algún familiar, sea lo que sea no es Capital propio. Ni real). Y esta parece ser la imagen del drama Nacional. ¿Con qué lengua escénica montar esto? ¿Con qué gramática? ¿Con que idioma? Ya ponemos en duda cualquier expresión ligada a lo nacional, lo propio, lo local. Sí! Hablamos de globalización. ¿Queda una actividad como el teatro fuera de esta captura? Creadores como Bartís,  Kartún, Pompeyo Audivert, y el propio Cappa, entre otros, tratan de buscar cierto “argentinismo” en sus trabajos. Y no exclusivamente en los temas. Buscan el signo de la actuación nacional con mayor o menor fortuna. Y es ahí que siempre, inevitablemente, vuelve el peronismo, su espectro que merodea, sus retóricas. Su Necesidad imperiosa.

-¿Es acaso esta búsqueda la última frontera contra un teatro enorme que reproduce la imagen “del imperio” o en épocas hiperglobalizadas ya no hay imágenes nacionales?

-El teatro en Argentina padece el problema que al mismo tiempo convierte a Buenos Aires en una de las ciudades dónde más teatro se produce en el mundo. Un teatro singular. De una poesía bastarda. La necesidad histérica de  diferenciarse de la mersada. A la inteligencia teatral le avergüenza la condición de lo argentino, entonces intenta diferenciarse, como lo hace la clase media, que intenta diferenciarse del peronismo, ironiza. El peronismo hace metáfora, la clase media alta ironiza. Ser inteligente parece ser una obligación de clase. Esta pretensión de ser, nos vuelve solemnes, el teatro entonces se llena de obligaciones de contenido. Tiene que tener. Tiene que dar. Tiene que conmover. Tiene que devolver lo que el público fue a buscar, un público muy demandante por cierto, que va a confirmar su lugar dentro de la cultura. Doy clase en la UNA y es muy común escuchar que a los alumnos hay que formarlos, hay que formarles el cuerpo para que actúen y la cabeza para que piensen, dejando de lado el pensamiento poético, dejando de lado la creación como forma de pensamiento y de aprendizaje, para expandir la experiencia de la existencia. Coordinar el aprendizaje no es lo mismo que enseñar. Quienes se acercan a la UNA ya saben actuar y pensar, buscan dónde hacerlo. La UNA forma para el modelo de representación imperante, para las demandas de una clase, se condiciona a la moda. Y la moda es  en Argentina una religión. No estar a la moda es ser un paria. Sometemos al teatro a las demandas del público. Sometemos su poder para representar modelos de clase. Para poner en escena ideas. O emocionalidades que laven culpas, que enternezcan los vínculos. Así nos vemos buenos y comprensivos frente a un mundo lleno de violencia. Lo sometemos a la gramática del enunciado de nuestra ideología. Lo llenamos de demanda, de nuestra exigencia de clase.  Nos sale muy bello. Muy inteligente. Muy intenso. Muy comprometido. Armamos equipos de amor, de respeto, comandados por un genio, tenemos por suerte muchísimos genios, siempre agotamos. No damos más de talento, estamos cansados de todo lo que nos hace hacer el talento, hemos leído casi todo, amamos a los escritores que publica Anagrama con sus tapas geniales, viajamos mucho, viajamos siempre, usamos la ropa que hay que usar, somos tan Lacan, tan Hegel, tan Zizek que a veces nos dan ganas de abrazar nuestro reflejo en el Riachuelo y nadar para siempre en nuestro imagen.

Nos olvidamos de estar. Nos da miedo estar. Nos da miedo meter los dedos en el enchufe, y dejarnos atravesar por los afectos que hacen posible el horror que criticamos. Perón habrá sido un facho y Macri el mal, pero nosotros no estamos dónde decimos estar. No me excluyo. Muchas veces me falta coraje, no estoy afuera de lo que critico. Daría lo que no tengo para ser uno de esos genios. Ya cerca de los cincuenta el reflejo empieza a dar su verdadera imagen, no me gusta. Hubiera querido ser otro, como todos. No me peguen, hago muecas graciosas. Guardo en mí la esperanza de dejar algún día de hacerme el boludo y estar dónde digo que estoy. Dejarme de joder contando reservas en Alternativa teatral y dedicarme al vínculo con la mirada, ahí está la potencia del teatro y no en las cantidades. El público es una boludez.”

Juan Ignacio Crespo.

Interpretes: Trinidad Asensio, Juan Manuel Charadia, Gabriela Dey, Amilcar Nahuel Ferrero, Pablo Fetis, Nicole Kaplan, Federico Lozano, Melisa Omill, Guillermo Osuna, Horacio Pucheta, Lucila Rosende

Dirección: Bernardo Cappa

TEATRO HASTA TRILCE,  Maza 177

Fotos: Romina Coppola.

 

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