Adela respira y se recompone, toma fuerzas, y habla, es decir, reconsidera, pide, aclara, atempera, comprende…, pero se queja, exige, reta, reclama y vuelve a respirar. Aunque pudiera no parecerlo, ese torbellino de acciones tiene un tempo, y está encarnado en un cuerpo muy dispuesto, el de Laura López Moyano, hábilmente abierto a que lo atraviesen esas acciones, que también son emociones del rostro, un rostro limpio, y un oscilar de los tonos, de la voz, que transita las formas de la calma impostada, la desesperación, el llanto.

Una casa de clase media detenida en el tiempo. Puertas de los años ochenta, salpicré.

Dos hijos. Un matrimonio por romperse. Y dos “otros”, que son ellos en la vejez, también en la juventud. Ellos: Adela y su marido, que se quiere ir, se está por ir, que se va.

Un pueblo, las oportunidades escasas, el tedio, la provincia. La huida.

Es Adela, sin embargo, quien está todo el tiempo ensayando sus puntos de fuga para distraerse del tedio, la vida misma: cuenta la historia de un colibrí atrapado en el tren, dice tener un diamante guardado como un tesoro, un brillo. Lars Von Trier emplazó un diamante doble –resguardado en una vitrina situada en el centro de una sala casi vacía del Museo de Arte Contemporáneo de Amberes– que los visitantes podían explorar a través de una experiencia de realidad virtual. Hizo esta muestra como una apostilla a su película Melancolía (2011).  La pieza de Von Trier es la imagen-cristal del filósofo francés Gilles Deleuze en La imagen-tiempo, su segundo libro sobre cine. La imagen-cristal, conformada por dos caras (actual y virtual) que conducen a la indiscernibilidad de tiempos. El anclaje con estos otros tiempos, en la puesta de Garrote, es Amanda Busnelli. Junto con ella, entran y salen personajes, y logran un ritmo que comienza a confundir el presente de Adela, proponiendo fugas hacia el pasado y hacia el futuro, por un hábil principio por el cual los cuerpos actúan esas transiciones temporales. Todo, sin embargo, termina siendo presente puro.

Ingmar Bergman también hizo coexistir diferentes tiempos en Fresas salvajes, una película de 1957 en la que un profesor se dirige a recibir un mérito académico porque está a punto de retirarse, y en el camino a la universidad se detiene en los lugares de su infancia y de su juventud. Allí asiste, desde el presente de su vejez y en un ejercicio en el que repasa su vida, al encuentro de los amigos y amores de la adolescencia. Esa unidad indisoluble entre pasado y presente aporta a esta puesta una densidad que permite considerar esta Adela múltiple, tridimensional: la joven que se embelesa con su amor de juventud, la del presente, que crea uno y mil escaparates para esquivar la pesadez de una familia que se desintegra, el tedio, lo mismo (colibríes y diamantes o ansiolíticos) y la del final, la vieja Adela que oye cantar a esos amores que la cortejan y la engalanan.

Por Diego Di Vicenzo

Autoría: Teo Ibarzábal / Actúan: Amanda Busnelli, Valentino Grizutti, Laura López Moyano, Mariano Sayavedra, Emilio Vodanovich / Vestuario: Lara Sol Gaudini / Escenografía: Santiago Badillo / Iluminación: Santiago Badillo / Música original: Federico Marquestó / Asistencia de dirección: Matías López Stordeur / Producción: Silvia Oleksikiw / Dirección: Andrea Garrote

Entrada: $ 280,00 – Domingo, Jueves, Viernes y Sábado – 21:00 hs – Hasta el 22/03/2020 – en el Teatro Cervantes (Libertad 815)

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