¿Quién tiene la autoridad sobre el punto de vista: la puesta en escena o el texto dramático? Esta dicotomía estructurante en la historia del teatro universal es la que propone Norman Briski como dispositivo sobre el que erigir su versión de Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

Por eso, palabras y elementos escénicos se relacionan no con identificación, literalidad o contraste sino a partir de una singularidad inesperada. Briski se nutre de algunas de las reglas de estilo del teatro japonés Nō (la tragedia nipona) para limitar, regir y amplificar la interpretación de María Onetto y su estar en escena. Ella se pone en la piel de un ser complejo: en apariencia víctima, pero en los hechos apropiador.

La construcción dramática se alimenta de los grises (im)posibles entre ambas definiciones expresados mediante sinsentidos: la preocupación obsesiva por la memoria en su condición espacial y temporal (a cuánto distancia, en qué horario), el sesgo ideológico (“¡Solamente esta gente es capaz de transformar lo bueno en malo, lo justo en injusto!”), y la masculinidad en su dependencia de la estima (“Pero la verdad es que, aunque yo me levante atléticamente, ella no se mueve… no me mira…”). De ahí que la sinergia entre lo que se narra y cómo se lo narra produzca chispas, fogonazos de magnetismo y algo de empatía. Escrita durante la primavera democrática, la pieza no juzga, pero problematiza una posible paradoja de nuestra historia reciente. Se ubica en un límite, que da cuenta de un abismo.

El extrañamiento formal que Briski le hace desplegar a Onetto, en un punto justo entre rigidez y emoción, se pone al servicio de alertar al espectador antes que la semántica lo permita. Desde el comienzo no hay engaño ni espacio para la ingenuidad. Si el espectador (iluminado e interpelado) elige esa opción será su responsabilidad, su inevitable (y tan humana) negación.

El escenario se erige sobre un submundo que despliega figuras de cuerpos (mutilados y no identificados) y antes que comience la ficción hay un llamamiento, golpes y corridas mediante, a la atención del público. Así, queda manifiesto que lo que comienza está precedido por la violencia, arrumbada debajo de la alfombra. El vestuario, a cargo de la artista Renata Schussheim, acompaña ese despojamiento en el que, como en las capas de la cebolla, los accesorios del relato van desapareciendo y perdiendo su propio sentido hasta develar la carnadura.

El final permite resignificar el artilugio y cuestionar cuánto de lo no visto, estaba -desde siempre- expuesto, tanto en la puesta como en el texto. Hacia el desenlace Briski lo subraya y recuerda lo aprendido: sólo a partir de la combinación de ambos elementos está hecho el teatro. Mucho más que la sumatoria de palabra y acción, una síntesis que implica la puesta en acto. En este caso, de una tragedia que aunque presenta aparentes víctimas carga con responsables.

Autoría: Eduardo Pavlovsky. Dirección: Norman Briski. Interpretación: María Onetto. Sala Caras y Caretas, Sarmiento 2037; jueves, a las 21 y sábados, a las 22.30; $300.

Por Julieta Bilik

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