Lili cumple los años. Nadie se acuerda de saludarla si ella no lo dice, medio enojada, medio a los gritos. No hay torta para festejarlo, apenas un alfajor y una velita usada. Pero no hay mucho que festejar este año: papá está internado porque le dio un ataque, Bárbara justo sale de la cárcel por pegarle un tiro al marido, y Mili no contesta el teléfono, muy ocupada está en su trabajo de estrella del cine. Las hermanas de Lili (Bárbara y Mili) qué se van a acordar de que Lili cumple los años: a Bárbara el marido la faja y está en coma por el balazo, y a Mili se le apagó la cola del cometa y vuelve al pueblo con la cola entre las patas. Una es la comidilla del pueblo por ese hecho de ahora mismo, la otra por la gloria pasada y que ya pasó y se fue. Lili, puro presente, se niega a tener historia. Y los dos hombres que las rodean a las tres (un novio abandonado y el abogado que se creía ganador) son insuficientes para que los días resulten más sencillos, uno por soñador, el otro porque lucha contra su incompetencia. Una historia repetida en cualquier sitio del país aunque allí, en ese rincón del mundo, sea una situación única que le modificará la vida a todos ellos. Por un rato, o para siempre.

Esta no es una pieza más en la cartelera porteña. Hace un año que se representa en el Espacio Polonia. Es una muy osada adaptación de “Crímenes del corazón”, la obra de Beth Henley que se transformara en una película dirigida en 1986 por Bruce Beresford, y que protagonizaron Diane Keaton, Jessica Lange y Sissy Spacek. Su osadía reside en dos aspectos: el primero, en que es una adaptación libre, una versión que la trae a la Argentina sin giros idiomáticos neutrales ni geografía opaca; y el segundo, que se puso en escena en una sala teatral mínima, y que por eso se pueden ver mejor todas sus nobles ambiciones. ¿Una obra osada y ambiciosa en el teatro independiente? Sí, por qué no podría serlo. Es osada también porque pone la violencia de género en primer plano (y como segundo conflicto), algo que el original estaba soslayado. Y es ambiciosa porque hay un trabajo dedicado y delicado en la construcción dramatúrgica de cada personaje, y en el espacio y el tiempo que cada uno de ellos ocupa en escena, dedicación y delicadeza que reparte el protagonismo y ensancha la perspectiva. Los cinco actores (Antonela Scatolini Rossi, Tamara Liberati, Martina Navarro, Ulises Barzi Gabras y Facundo Salomón) se apropian del lugar, lo habitan, lo usan, lo viven, y le dan al espectador la posibilidad de creer que aquello que en un rato se evapora (el teatro) es algo que realmente existe, que es una verdad posible, que hasta nos cambia la existencia. El mérito se lo lleva el adaptador y director de UN RINCÓN EN EL MUNDO, Gastón Cocchiarale, simplemente porque facilita una humanidad que a veces se pone esquiva cuando se encienden las candilejas, y que se difumina cuando caminamos por la calle y deseamos encontrarla.

 Por Carlos Diviesti

 

UN RINCÓN EN EL MUNDO, escrita por Gastón Cocchiarale sobre la pieza “Crímenes del corazón”, de Beth Henley. Dirigida por Gastón Cocchiarale. Escenografía y vestuario: Sabrina López Hovhannessian. Iluminación: Jorge Ferro. Asistente de dirección: Bianca Vicari. Producción: Tamara Liberati, Martina Navarro. Intérpretes: Antonela Scattolini Rossi, Tamara Liberati, Martina Navarro, Ulises Barzi Gabras, Facundo Salomón. 75 minutos. Viernes a las 20.30. Espacio Polonia, Fitz Roy 1477.

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